Ha causado una grata sorpresa la decisión del Presidente del Estado de nombrar a una mujer como la primera ministra de Defensa en la historia del país. Además de los méritos laborales que seguramente ostenta la nueva dignataria –tiene dos profesiones y ha trabajado en los ministerios de Medio Ambiente y Agua y de Relaciones Exteriores-, su condición de mujer y su juventud hacen que se trate de una opción que rompe tradiciones de antigua data, más aún en un ámbito que en el país parecía reservado exclusivamente para, en un tiempo, militares y varones.
Es posible prever que la nueva autoridad deberá enfrentar muchos desafíos y si bien su condición de mujer y joven permiten albergar esperanzas en que pueda impulsar un renovado proceso de sinceramiento entre el estamento militar y la sociedad civil, también deberá estar consciente de que cada una de sus actuaciones será seguida con especial atención por esas mismas condiciones.
Desde otro enfoque, es posible señalar que una condición para que se haga realidad ese proceso de sinceramiento, es que logre que los mandos castrenses acaten, finalmente, las resoluciones judiciales relativas a la apertura de sus archivos para dar con el paradero de dirigentes políticos asesinados y desaparecidos en la última dictadura militar, tema en el que su predecesor se aplazó rotundamente, lo que provocó que nuevamente surjan susceptibilidades sobre la pregonada conversión democrática de las Fuerzas Armadas.
Será, pues, complejo el trabajo de la nueva ministra de Defensa pero es de esperar que sus especiales condiciones le permitan alcanzar el éxito. Su ser mujer y joven así se lo demanda.